Supersticiones funerarias: los pantalones de mi amigo

 

En la Islandia medieval existía una superstición, o tradición, a la que se puede considerar un acto de BFF extremo.

 

Y es que gracias a la muerte de un amigo, podías hacerte rico. Si eras hombre, claro, aunque en este caso tiene su porqué.

Antes de nada, debías tener el consentimiento del amigo que iba a fallecer, porque si no el ritual no funcionaba. Y aquí es donde se demostraba la verdadera amistad, porque para que tu amigo se hiciese rico, tenía que hacerse unos pantalones con tu piel. Que una cosa es dejarle una camiseta o un vestido para una boda, y otra muy diferente dejar que te desuellen para un outfit, aunque estés muerto. Igual la frase “ponte en mi piel” viene de aquí. Obviamente, por muchas ganas que tuvieses de ser rico, no podías matar a tu amigo ni ayudarle un poquito con la almohada en su lecho de muerte, tenía que ser todo de manera natural.

Una vez fallecido, velado, y enterrado, a las 24 horas, cuando el cuerpo empezaba a deshidratarse, había que volver a desenterrar el cadáver y hacer la parte más escabrosa a la par que difícil: Había que cortar el pantalón de una sola pieza. Como todos hemos visto el Silencio de los Corderos y/o llevamos un desollador dentro, hemos pensado “fácil, con un bisturí” pero recordemos que estamos en la Islandia medieval (afortunadamente), así que el trabajo no debía ser fácil.

Una vez sacado el patrón, debía llevarse a casa y dejar que se secara, que con la humedad era aproximadamente dos meses. Entonces conseguías unos exclusivos pantalones de cuero edición limitada. Estos debías llevarlos siempre puestos, por lo que era conveniente llevarlos debajo de los pantalones normales, porque aunque se te ajustaran como una segunda piel, el frío es el frío. Y además, esta es la parte importante por la que debía de ser el donante una persona con genitales masculinos, en el escroto del “pantalón” había que guardar una runa envuelta en tela para atraer a la fortuna, como parte del ritual. Me voy a ahorrar todos los chascarrillos que se me vienen a la cabeza porque no acabaría nunca.

Pero no acababa ahí la cosa. Con tus pantalones de cuero con bolsillos para la runa, el móvil y la cartera dependiendo del tamaño de los genitales de tu difunto amigo (vale, no he podido resistirlo), tenías que realizar un último acto, que era robarle a la viuda desconsolada. Poco, con una moneda valía, pero tenías que robarle algo. Y cuanto más en la miseria se hubiese quedado la mujer después del fallecimiento del señor al que pertenecen tus Abanderado, mayor sería tu fortuna.

No se sabe en qué momento de la historia dejaron de creer o por estadística no les cuadró, pero en el Museo de Brujería de Islandia hay una reproducción de cómo fueron los “pantalones de la suerte”, que os adjuntamos debajo, por si no queréis seguir haciendo scroll en pantalla grande y tener que dar explicaciones.

 

Paloma Contreras