Cementerio de los Poetas, Roma

 

“Uno podría llegar a enamorarse de la muerte si existiera la posibilidad de ser enterrado en un lugar tan maravilloso como éste”.

 

Estas palabras escritas por el poeta Percy Shelley algunos años antes de su muerte, nos puede hacer imaginar toda la belleza que esconde este cementerio; lo que no imaginaba el poeta es que él mismo acabaría descansando entre sus muros.

Este hermoso recinto se sitúa en la ladera de una colina dentro del barrio de Testaccio, entre la Pirámide de Cayo Cestio y los restos de una antigua muralla aureliana. Rodeado de cipreses centenario y cuajado de sepulturas y monumentos.

Para saber cómo nació el cementerio viajamos a la época del Romanticismo y el Neoclasicismo: por aquel entonces, artistas y estudiantes extranjeros enamorados de la belleza de Roma, se afincaban en la ciudad para empaparse de su arte e historia. Cuando fallecían tenían un problema, casi todos profesaban distintos credos protestantes y en Roma, ciudad católica por excelencia, se prohibía de manera categórica los enterramientos en sus camposantos.

Esta situación hizo que a principios del siglo XIX, diplomáticos de Prusia, Principado de Hannover y Rusia solicitaran al secretario del Estado Pontificio permiso para construir un cementerio y que los difuntos que no profesaban el catolicismo pudieran tener un lugar donde descansar. Hasta entonces lo que ocurría cuando un protestante fallecía nadie lo sabe, no existen documentos al respecto; lo que sí está documentado es que el primer morador del cementerio acatólico fue un joven inglés, Langton, estudiante de Oxford y que durante el transcurso de un viaje falleció en Roma, y allí se quedó.

Al principio de su andadura, este cementerio era considerado de “baja categoría” por los romanos, pero no así para los artistas de la época que pronto comenzaron a elogiarlo por su belleza; incluso muchos de ellos dejaban constancia para que cuando fallecieran, fueran enterrados entre sus cipreses y sus ruinas.

Por ello en este cementerio descansan escritores, poetas, científicos y otro nutrido grupo de personas; aquí no hay distinciones de credo: ortodoxos judíos y zoroastras descansan junto a los ateos. Pasear entre sus monumentos y poder embriagarse de la cantidad de distintos elementos arquitectónicos así como de sus personajes hace que sea una delicia.

Una de sus esculturas más famosas y que se ha convertido en una de las principales imágenes del cementerio es el llamado “Ángel de la pena”. Este ángel abatido por el dolor es obra de William Wetmore, escultor norteamericano que esculpió con sus propias manos esta belleza de monumento funerario en honor a su esposa, el amor de su vida. Roto por el dolor de perderla, no encontró mejor manera de volcar todo el amor que sentía por ella; cuando terminó, la enorme carga emocional que evoca la escultura consiguió que se hiciera famosa rápidamente, provocando que a lo largo del mundo se hicieran réplicas. Por supuesto, cuando él falleció, depositaron sus restos con los de su amada; ahora ambos descansan bajo el amparo de su hermoso ángel.

También descansan un nutrido grupo de artistas, como ya hemos mencionado al comienzo el propio Percy Shelley descansa aquí, menos su corazón que está enterrado junto al de su esposa, Mary Shelley, en Inglaterra. Junto a él se encuentra su mejor amigo Edward Trelawny, que compró el terreno anexo a la tumba de Shelley cuando falleció el poeta y setenta años más tarde le acompañó en el viaje eterno.

Otros amigos hasta la muerte son Jon Keats y Joseph Serven. El pintor inglés fue el que cuidó y atendió al poeta del Romanticismo hasta su muerte. Después del fallecimiento y abatido salió de Roma para volver cuarenta años como cónsul británico. Antes de fallecer, Serven pidió ser enterrado al lado de su amigo. Tal devoción sentía por Keats que en la lápida de Serven su epitafio reza: “ Amigo devoto y acompañante en el lecho de muerte de John Keats, a quien sobrevivió y vio encumbrado entre los Poetas Inmortales de Inglaterra”. Hemos de suponer que cuando se volvieron a encontrar fue lo primero que le dijo al poeta.

 

Lamentablemente a día de hoy y a pesar de estar gestionado por un consorcio formado por los embajadores de distintos países el recinto se encuentra un poco abandonado. Si sigue así pronto perderá esa esencia que tiene y no podrá dar testimonio del amor que profesaban tantas personas a lo largo del mundo a esta bella ciudad romana.

Fotos: Wikipedia

 

Clara Redondo