Grandes monumentos funerarios: Taj Mahal

“Una lágrima en la mejilla del tiempo”, bellísima descripción del poeta Rabindranath Tagore para describir el más hermoso gesto de amor del emperador musulmán Shah Jahan cuando falleció su esposa favorita Mumtaz Mahal.

Ya os habréis imaginado que estamos hablando del imponente mausoleo llamado Taj Mahal situado en la ciudad de Agra, India. Considerado de una de Las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, recibe entre siete y ocho millones de visitas cada año y desde 1983 es Patrimonio de la Humanidad.

Pero el Taj Mahal no es sólo el mausoleo, no, es todo el conjunto de edificaciones que se encuentran en repartidos en 17 hectáreas. El famoso mausoleo ni siquiera es una de las edificaciones principales del conjunto; los jardines, los minaretes, la mezquita, incluso una casa para invitados ocupan este espectacular espacio de la que los hindúes están orgullosos considerándolo propiedad de la Nación.

Hablar del Taj Mahal es arduo trabajo, una increíble proeza teniendo en cuenta que se construyó en el siglo XVII. 20000 obreros cuyas manos fueron cortadas para no poder realizar obra similar en su vida, una escandalosa cantidad de dinero invertido para su construcción. El más fino mármol, jade, gemas preciosas y semi preciosas. Y qué decir a nivel arquitectónico: sus edificios se inspiraron en la antigua arquitectura mongola, significativas son sus cúpulas acebolladas también llamadas amrud, típicas de la arquitectura del islam y que más tarde se usaría en Rusia.

Pero sin duda si el Taj Mahal ha pasado a la posteridad es por la historia de amor que encierra ese bello mausoleo. Y como nosotras somos unas románticas empedernidas, vamos a dar forma al dolor que padeció Shah Jahan cuando perdió al amor de su vida.

Ella era una vendedora de cristales, y él hijo de un Emperador. Se dice que tal era la belleza de la muchacha que Shah Jahan fue incapaz de articular palabra, vamos, flechazo puro y duro. Debido a la diferencia de status de los enamorados su historia tenía todos los ingredientes para que no tuvieran un final feliz. Pero el príncipe no se olvidó de aquella joven que había conseguido rascar su corazón, y que como él profesaba la ley musulmana, así que cinco años después de su primer encuentro y sin quitársela de la cabeza en ese tiempo consiguió su anhelado sueño y se casó con Arjumand, que desde entonces comenzó a ser conocida como Mumtaz Mahal “La elegida del palacio”.

Totalmente enamorados, se desvivían el uno por el otro; ella le acompañaba en sus campañas y él la colmaba de detalles y besaba el suelo por donde ella pisaba; de hecho entre sus esposas Mumtaz se convirtió en su favorita relegando a las otras esposas a un segundo plano.

Durante su matrimonio la pareja tuvo 14 hijos y en 1627 el príncipe fue coronado con el nombre de Shah Jahan, pasando a la historia como un gobernante justo, gran amante de su pueblo y sobre todo de que reinara la paz.

Pero la estampa idílica que tenían los enamorados se rompió tras 19 años de matrimonio. Mumtaz se encontraba embarazada del que sería su último vástago; su amado realizando una visita a la campaña de Burhanpur con el objeto de sofocar una incipiente rebelión. Una misiva llega urgente de palacio, la reina se encuentra de parto y su estado es grave, rápido Shah acude donde se encuentra su amada. Cuando llega el panorama no puede ser más dantesco; Mumtaz se encuentra al borde de la muerte y hace prometer a su marido que fuera bueno con los hijos en común, que se volviera a casar y que le construyera una tumba que debía visitar cada año en el aniversario de su fallecimiento.

Fue premonitorio; Mumtaz da a luz a su decimo cuarto hijo, una niña a la que llamaron Gauhara Begum y fallece. El emperador se desgarra por dentro, el dolor que sintió hizo que se sumiera un profundo estado de tristeza: durante ocho días se confinó en una de sus habitaciones sin comer ni beber. Durante ese tiempo, roto por el dolor, fue cuando debió idear como sería el último gesto de amor hacia su adorada Mumtaz, su tumba.

El cuerpo de Mumtaz fue enterrado de manera temporal en Burhanpur, dentro de un jardín amurallado y a orillas del río Tapti; pero Shah sabía que ese no iba a ser la última morada de su amada, no. Para ella, la que le había seguido, apoyado y amado a alma abierta, le haría la tumba más bella que el mundo hubiera visto jamás, un último homenaje al amor de su vida y que perdurase a lo largo de los siglos.

 

No fue fácil, debió reunir a los mejores constructores, obreros, materiales, joyas, quería lo mejor para el descanso eterno de Mumtaz. 22 años de trabajo necesitaron para hacer esta poesía hecha arte, 20 mil hombres, 1000 elefantes y un nombre…Taj “corona” y Mahal “Primera dama del palacio”, en clara referencia a su amada.

Pero tal muestra de amor le salió caro a Shah Jahan; al no reparar en costes (unos cincuenta millos de rupias, en la actualidad se ha valorado en más de quinientos millones de dólares, así, para que nos hagamos una idea) cayó en una ruina económica que se tradujo en la pérdida del trono.

El nuevo monarca, su tercer hijo Aurangzeb, le permitió seguir con vida a pesar de la mala gestión; le internó en el Fuerte Rojo donde enfermó y tras ocho años de encierro falleció. Según cuenta la leyenda Shah Jahan no pudo ver cumplido el último de sus sueños: construir un mausoleo en mármol negreo igual que el de su esposa; este se situaría al otro lado del río Yamuna y ambos quedarían unidos por un puente de oro, hubiera sido hermoso que lo haberlo podido cumplir.

Su hijo Aurangzeb, quizás por el amor que se profesaban su padre y Mumtaz o quizás por envidia de que él no podría vivir jamás una historia de amor de ese calibre, rompió la simetría de la sala donde se encontraba la tumba de Mumtaz, situada en el centro. Sitúo la de su padre al lado, copia exacta a la de Mumtaz pero de mayor tamaño. Seguramente a Shah Jahan no le hubiera gustado esta decisión, pues el Taj Mahal era para su reina, su amada.

Fruto de esta bella y triste historia de amor hoy podemos contemplar el Taj Mahal, símbolo del amor eterno, su tributo, su homenaje. Al menos descansan juntos.

Clara Redondo