Mujeres Ilustres: Rosario de Acuña

 

Luchadora, controvertida, feminista, republicana, masona, dramaturga, librepensadora y avicultora. Por algunos considerada la Flora Tristán española, hoy recordaremos a Rosario de Acuña y Villanueva, una mujer de rompe y rasga.

 

Juzgar, nos pasamos la vida juzgando; a quien se ama, con quien vives, tus decisiones, tus pensamientos. A nuestra protagonista de hoy la juzgaron por todas esas razones, calificándola de “harpía laica”, “hiena de putrefacciones” o “trapera de inmundicias” entre otras lindezas. Por su status social esperaban de ella lo “propio” de una señorita y ella demostró que vida tenemos una y que nuestras convicciones y valores han de llevarse a cabo y demostrarlo.

Rosario vino al mundo un frío 1 de noviembre de 1850 dentro de una familia de rancio abolengo. Fue la única hija que tuvo el matrimonio, el cual se enfrentó a una dura enfermedad ocular que padecía Rosario. Comenzó a perder la visión con cuatro años. Desde ese momento y previendo que la educación de la pequeña iba a estar condicionada, sus padres sustituyeron las enseñanzas oficiales, por aquel entonces limitadas para las mujeres, por una educación personalizada en el hogar.

Gracias a ello Rosario recibió una esmerada educación: su padre le guía por el estudio de la Historia; él le lee los relatos y ella los reproduce mentalmente haciendo que su enfermedad no sea un impedimento; ya por entonces demostró que sería indomable. También los viajes que junto a sus padres hacia por España y por el extranjero consiguieron que se interesara especialmente por la Naturaleza- cuando la visión se lo permitía-llegando a conocer de manera magistral el mundo animal y vegetal.

Prácticamente ciega a los 16 años, Rosario siguió formándose: viaja Francia para visitar la Exposición Universal de París de 1857 y reside en Roma junto a su tío Antonio Benavides, embajador de España. La niña se estaba convirtiendo en una mujer segura de sí misma, culta, sensible y con una fuerte base intelectual por lo que con este bagaje no es de extrañar que Rosario comenzara a tener otras inquietudes.

Su primera incursión en el mundo periodístico fue en París. Rosario escribe una pequeña obra dedicada a Isabel II, entonces exiliada en Francia. A este primer escrito le sucede otra publicación en La Ilustración Española y Americana llamada En las orillas del mar, poema con el que alcanzó cierto éxito y le reportó seguir publicando en prestigiosos periódicos madrileños como La Ibera o Revista Contemporánea. Su poesía era delicada, íntima y romántica, fruto de una vocación temprana.

Del mundo poético pasó al teatral; su primera obra de teatro Rienzi el tribuno se estrena un 12 de enero de 1875. Este alegato contra la tiranía fue un éxito rotundo, críticos como Clarín o dramaturgos con renombre como José de Echegaray o Núñez de Arce le felicitan y le dan sus bendiciones. La obra era un grito de libertad y encima escrita por una mujer, algo inédito en aquella época.

Aún saboreando las mieles del éxito, Rosario contrae matrimonio con Rafael de la Iglesia y Auset, militar y burgués madrileño. El joven matrimonio se instala inicialmente en Zaragoza donde Rosario sigue escribiendo, y en 1878 estrena en capital aragonesa su segunda obra, Amor a la patria, para continuar escribiendo y dos años después, ya residiendo de nuevo en Madrid, estrena en el Teatro Español Tribunales de venganza.

Pero no todo es color de rosa en la vida de Rosario. Después de los éxitos de sus obras fue reconocida profesionalmente en un mundo patriarcal. Ella que consiguió adentrarse y mantenerse, no consiguió que su matrimonio llegara al mismo destino. El matrimonio hace aguas y la Rosario indomable y poco sumisa toma una decisión: abandonar a su marido y separarse de él, algo que en España en aquel momento era inconcebible.

Amante de la naturaleza, Rosario se traslada a una casita campestre situada en Pinto, Madrid, donde sigue escribiendo artículos en los que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Destacan sus colaboraciones en Las Dominicales del Libre Pensamiento, semanario fundado y dirigido por Ramón Chíes. La intelectualidad de esta mujer y sobre todo el plasmar sobre papel sus ideales, hizo que el grupo de intelectuales progresistas de la época le abrieran las puertas siendo la primera mujer a la que el Ateneo de Madrid le dedicara una velada poética.

Su reconocimiento comenzó a participar activamente en los eventos afines al libre pensamiento que apoyaban públicamente los republicanos; esto, sumado a las reflexiones y meditaciones que Rosario disfrutó en su casa de campo, hizo que nuevamente tomara una decisión en su vida: ingresar en una logia de adopción masónica, la Constante Alona de Alicante donde tomó el nombre simbólico de “Hipatia”, con el que comenzó a firmar muchos de sus artículos.

Esta decisión fue muy criticada dentro del círculo aristocrático; de ella se esperaba que llegara a ser una delicada poeta y dramaturga: ella, casada con un joven con el que hacía una bonita pareja, ella, la joven que se suponía iba a estar condicionada por su parcial ceguera, pues sí, ella rompió moldes, se separó, se hizo librepensadora y masona. Estamos seguras que a más de uno y de dos se le rizó el bigote…una mujer, impensable.

Rosario siguió con su vida sin hacer caso a las habladurías; ella estaba por encima de eso, colabora activamente en periódicos con sus artículos de opinión y acudiendo a los actos en los que se le invitaba para levantar ampollas con su oratoria. Tampoco deja de lado el teatro y en 1891 decide estrenar la obra El padre Juan, sin duda su obra más revolucionaria. En ella se pone en claro manifiesto el apoyo de Rosario a la libertad de pensamiento, y a pesar de no encontrar quien asumiera los gastos para su representación, Rosario decide financiarla ella misma. Ya el mismo día del estreno y después de su representación el gobernador civil comenzó a recibir presiones de los asistentes para prohibir la obra, cosa que ocurre esa misma noche. Los días siguientes la prensa se ceba con Rosario, que además de asumir las pérdidas económicas, tiene que salir de la ciudad y poner tierra de por medio.

Elige de destino Cueto, una pequeña localidad de Santander. En esta nueva etapa le acompañan su madre, su hermana y un joven de bastante menor edad que ella con el que mantenía una relación. Otra ampolla para la sociedad, además de masona y librepensadora compartía lecho y vida con alguien más joven y sin casarse. Nunca lo harían, pues para Rosario una unión no necesitaba ser refutada por nadie que no fuera la misma pareja; de hecho en un artículo publicado en 1911 pone en manifiesto su concepto entre las relaciones entre un hombre y una mujer:

Hay que engendrar la pareja humana, de tal modo, que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer, los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento de la sabiduría, del trabajo, de la gloria y de la inmortalidad; los dos juntos, sufriendo, con intensidad, los dolores; gozando, en el mismo grado, de los placeres; entrelazados, siempre, en estrecho abrazo […]

En Cueto pudo ser feliz con su pareja, su familia y gracias a una nueva faceta: ser avicultora. Llegó a convertirse en una experta y en una auténtica innovadora de su época, acudiendo a la primera Exposición de Avicultura celebrada en Madrid. Por supuesto siguió escribiendo aunque ahora se especializó en artículos técnicos como el recurso agrario, llegando a recibir una medalla por sus investigaciones y estudios.

En noviembre de 1911 escribe un artículo titulado La jarca en la Universidad, donde expresa abiertamente su defensa férrea a que las mujeres puedan acudir a la Universidad bajo la misma igualdad que los hombres. Este artículo viene motivado por unas agresiones verbales que sufren unas estudiantes de Literatura General y Española. Se volvieron a levantar ampollas, el artículo de opinión fue primeramente publicado en El Internacional, periódico parisino, pero luego se reproduce en el diario El Progreso y salta la chispa. Muchos estudiantes (hombres) acompañados de sus profesores (también hombres) se manifiestan en contra del escrito de Rosario. Los “agraviados” piden que intervenga la autoridad competente teniendo que intervenir el propio ministro de Instrucción Pública, que con mucha celeridad se encarga de abrir una investigación e interponer una querella contra Rosario por delito de injurias y solicitando su detención.

Por expresar su opinión, Rosario se vio obligada a exiliarse; el nuevo destino sería Portugal. Allí hubo de esperar hasta que el nuevo presidente de gobierno, el conde de Romanones, intercediera por ella para que le concedieran el indulto en 1913.

Una nueva etapa se abría para Rosario y esta vez elige como nuevo destino Gijón. Hace que le construyan una casa sobre un acantilado y la llama “La Providencia”. Desde allí volvería a enfurecer a algunas personas con sus artículos de opinión. Tan indomable fue que incluso en su testamento dejó constancia de los prejuicios y las imposiciones que se regían por la tradición española:

«Habiéndome separado de la religión católica por una larga serie de razonamientos derivados de múltiples estudios y observaciones, quiero que conste así, después de mi muerte, en la única forma posible de hacerlo constar, que es no consintiendo que mi cadáver sea entregado a la jurisdicción eclesiástica testificando de este modo, hasta después de muerta, lo que afirmé en vida con palabras y obras, que es mi desprecio completo y profundo del dogma infantil y sanguinario, cruel y ridículo, que sirve de mayor rémora para la racionalización de la especie humana«.

También en su testamento dejó ordenado que cuando falleciera quería que la enterraran en el cementerio civil de Gijón, sin pompa y boato, sin publicaciones sobre su fallecimiento y que en su humilde lápida sólo constara un ladrillo con las iniciales de su nombre.

Sus últimas voluntades fueron cumplidas a medias; Rosario falleció un 5 de mayo de 1923 acompañada por su pareja. La información de su muerte, aunque no se publicó, si fue aireada y pronto corrió como la pólvora la noticia. El día de su entierro fue inevitable que multitud de personas afines a los pensamientos de esta gran mujer se quisieran despedirse de ella. Si que fue enterrada en el recinto civil del cementerio y también se respetó su deseo de pasar lo más desapercibida posible.

Y cuando nosotras visitamos el cementerio así nos encontramos a Rosario; luchadora, indómita, valiente, arriesgada y fiel a sus principios.

Clara Redondo