¿Cuál fue el primer cementerio civil de España?

 

El del Real Sitio de San Ildefonso, es el primer cementerio civil de España. No fue el primer cementerio extramuros, pues anterior es por ejemplo el barcelonés de Poblenou, pero sí el primero civil por depender de la Corona y no de la Iglesia y el que marcó la pauta.

Carlos III ordenó la construcción del Cementerio de San Ildefonso en el año 1783 y dos años después, el 7 de julio de 1785 era inaugurado con las bendiciones del arzobispo de Armida, abad de la Granja, y con las ceremonias del Ritual Romano. Aún han de pasar dos años para que el Monarca formulara la Real Cédula de 3 de abril de 1787 en la cual se prohibían los enterramientos en las iglesias, excepto para el alto clero y personas del estamento privilegiado que estipulada el Ritual Romano y la Novísima Recopilación.

En las ordenanzas del Reglamento del Cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, que fue publicado el día 9 de febrero de 1785, serán donde se apoyaran las construcciones de los primeros cementerios en España y en sus territorios fuera de la península. El artículo primero de este reglamente rezaba: << Todos los cadáveres de personas que fallezcan en el Real Sitio de San Ildefonso, de cualquier estado y dignidad que sean, se entierren en el cementerio construido extramuros de él >> , hace hincapié en la obligatoriedad y la universalidad de una medida que en aquella época levantaba ampollas.

El lugar donde fue construido el camposanto no fue al azar y es por ello que lo sufragaron las arcas de la corona. Carlos III proyectaba aislar a los muertos de esta población que vivía un crecimiento de población desde que Felipe V e Isabel de Farnesio establecieran allí la Corte en verano. Desde hacía muchos años en España, como en sus países vecinos se lidiaba sobre los riesgos que entrañaba para la población la costumbre de enterrar a los muertos en las iglesias. 

No es hasta la epidemia de peste que asoló Pasajes (Guipúzcoa) en 1781, y que por el hedor insoportable que se sentía en la Iglesia Parroquial, cuando el Monarca toma la decisión de encargar al Consejo de Castilla que buscara solución, el lugar escogido para poner en marcha el proyecto fue el Real Sitio de San Ildefonso.

El primer cementerio tenía un área de unos 49 metros de largo y 25 de ancho, con una singularidad , la puerta de acceso del cementerio concordaba- y concuerda- en la misma línea que la de la capilla y ésta con el altar.

Seguramente las primeras personas que fueran inhumadas en este primigenio cementerio fueran trabajadores de la Corte que no tenían posibilidades de costear el entierro y cuyo ritos funerarios los soportaba la Corona. Este cementerio y el del Pardo fueron los únicos que todos los gastos acarreados los cubría la Corona Española.

Fiel reflejo del pensamiento ilustrado, fue diseñado con una postura claramente interesada. Fue Fernando VII quien tras crear un fondo para la acometida de reparaciones y conservacion del camposanto lo amplió con 15 nichos reservados para los abades del Real Sitio, clero, Grandes de España, ministros, consejeros de Estado… que pagaban unos 600 reales por una permanencia de ocho años. En el segundo escalón de la jerarquía se construyeron otros 15 nichos, estos para los canónigos, gobernadores, corregidos a razón de 400 reales por ocho años, y de espaldas a la capilla teniendo como tercer escalón en su pirámide se realizaron 9 nichos donde se enterraban a los empleados del Real Sitio y otras personas decentes y de familia honesta. El resto de las personas fallecidas se inhumaban directamente en tierra con numeraciones tanto para adultos como para párvulos.

El día 28 de octubre de 1866 la Reina Isabel II y con objeto de recaudar más ingresos para la manutención del cementerio, otorgó la perpetuidad a aquellos que lo solicitasen a cambio de 2000 reales para primer orden, 1500 para segundo y 1000 en los de tercer orden. En algunas ocasiones la gracia de perpetuidad es por Real Orden.

La tercera y última etapa estudiada se corresponde a las sucesivas reformas llevadas a cabo en el siglo XX.

Las consecuencias derivadas de la construcción del cementerio civil de San Ildefonso no sólo mejoraron la salubridad pública. La visita a la sepultura, las inscripciones en las sepulturas, biográficas y elogiadas, la limpieza, la vegetación y decoro en la sepultura fueron factores que afectaron al comportamiento y actitudes en el ser humano con respecto a la muerte del ser querido.

El cementerio de San Ildefonso es un monumento en sí mismo; es un lugar de reposo privilegiado de nuestra Historia ofreciendo una realidad socio-cultural que permite indagar la emotividad social a través de sus epitafios. Sus posibilidades culturales y simbólicas son múltiples porque utiliza el Arte y la Historia para hablar de realidades sociales, estilo de vida, de aquella época.

   Entre las personalidades que se hayan enterradas en este Real sitio podemos hallar a el Conde de Raynaval, embajador del Francia; Don Santos Martín Sedeño, Canónigo Presidente del Cabildo y gobernador Eclesiástico de la Abadía; Don Ricardo Selles de Robles , interventor del Real Patrimonio; José Gras, primer jardinero de Aranjuez; Don Miguel González de Castejón y Elio, profesor de Alfonso XII; Don Juan Abril ,coronel que defendió en 1850 el Real Sitio de las tropas francesas.

Dignas de mención son algunas de las inscripciones que rezan en algunas de las lápidas de este camposanto, las de finales del siglo XIX que se encuentran en el interior de la capilla dicen: “Afán y llanto en la vida, en su carrera fugad (sic), aquí principia la paz”, “Aquí vendrás a parar,vivos elegid lugar” o “Padres, esposa, hijos tube (sic), uno a uno los perdí, ya estamos juntos aquí”

Clara Redondo