Hay veces que los muertos te llaman. No es necesario ser la protagonista de una película de terror, ir a una sesión de espiritismo, o que se caigan vasos en tu casa. Hay veces que te dicen, “eh, mírame y obsesiónate conmigo”. Al menos a mi me pasa.
Siempre hemos tenido en este país cierto problema con la elección de las personalidades a destacar. Afortunadamente hemos tenido el Siglo de Oro y demás corrientes artísticas para que todos nuestros logros en la Historia no se basaran simplemente en hechos militares y sus participantes.
Maravilla Leal González
9 de Septiembre de 1884
A los 20 años de edad
Tus familiares te dedican este recuerdo
El primer intento de otorgar el merecido respeto y recuerdo a nuestros “ilustres verdaderos” fue la creación del Panteón de Hombres Ilustres de Madrid.
En 1837, siguiendo la idea de la Abadía de Westminster en Londres y la Santa Croce de Florencia, en España nos planteamos crear un Panteón de Hombres Ilustres en la iglesia de San Francisco el Grande. Según la ordenanza, en él podrían descansar todas aquellas personas de consideración que, elegidas en el Congreso a través de suscripción pública, llevaran más de 50 años fallecidos.
Ya en esta primera búsqueda resultó infructuoso encontrar los restos de algunos ilustres elegidos, como los de Cervantes, Lope de Vega, Velázquez, Jorge Juan, Tirso de Molina o Claudio Coello.
Al final el día de la inauguración se trasladaron con gran pompa y boato hasta la basílica a Juan de Mena, El Gran Capitán, Garcilaso de la Vega, Ambrosio Morales, Alonso de Ercilla, Juan de Lanuza, Quevedo, Calderón de la Barca, al Marqués de la Ensenada, Ventura Rodríguez, Juan de Villanueva y al Almirante Gravina, a los que dejamos allí abandonados casi el mismo día de la inauguración gracias a los cambios políticos y revoluciones venideras. Algunos de estos ilustres volvieron a sus enterramientos de origen, otros se perdieron en el tiempo como Calderón de la Barca. Al final, en el Panteón de Hombres Ilustres, construido en Atocha, descansan políticos que no cumplían siquiera el requisito del medio siglo.
Me atrevo a decir que ninguno de los que hubiese elegido la sociedad de la época si les hubiesen preguntado.
No se nos ha dado bien ni elegir celebridades ni tratar sus cadáveres, teniendo en cuenta que a la gran mayoría ya los enterramos habiendo conocido sus virtudes en vida.
También en Madrid, años después del despropósito del Panteón, por motivos de salubridad, desmantelamos algunos de los cementerios más importantes de la ciudad (sacramentales de San Martin, San Luis y San Nicolás) y trasladamos sus restos a las nuevas necrópolis y a las sacramentales que sí continuarían (y lo hacen hasta el día de hoy, Santa María, San Lorenzo, San Justo y San Isidro), perdiendo por el camino también a algunos ilustres del momento, bien en el traslado o en la fosa común.
Los fallecidos eran tan solo personas a recordar por su familia y amigos hasta que se perdieran en la memoria. Es en la época del Romanticismo, y su exaltación por la nostalgia, cuando se empieza a darle más valor al recuerdo de los muertos, que como bien dijo Bécquer, se quedaban solos. Es el el siglo XIX cuando las tumbas empiezan a llenarse de símbolos que nos muestran los sentimientos hacia los allí enterrados, esculpidos en piedra, y a recordarse en los epitafios los logros en vida del difunto, que perdurarán a través de los años, si se cuidan.
Y hubo una época en la que se cuidaron. En 1916, un grupo de mujeres encabezadas por Catalina García, viuda de Nicolás Salmerón, constituyeron una asociación, la Fraternidad Cívica, que se encargó de mantener limpio, vivo y cuidado en Cementerio Civil, hasta el momento un espacio abandonado. Gracias a su trabajo e insistencia, consiguieron que el cementerio tuviera plantas cuidadas por un jardinero, y lo más importante, una fuente con agua corriente. Durante 20 años mantuvieron el cementerio de una manera impecable, hasta que estalló la guerra.
Así, los siguientes años los cementerios españoles casi cambiaron su función: sus muros servían para fusilar personas que luego eran enterrados de mala manera fuera de estos, y sus interiores para ser despojados de todo el bronce y metales que pudiera haber para convertirlos en munición. Y de paso, ir destrozando algo de imaginería religiosa o bustos de personajes al paso, según desde el bando que se saqueara.
Los cementerios volvían a convertirse en sitios tristes, que recordaban todo lo acontecido años anteriores, donde aún se buscan cadáveres ocho décadas después dentro y fuera de sus recintos, lugares que se llenaron de abandono y tristeza. Espacios que sólo había que visitar en fechas señaladas, nacimiento y muerte del fallecido, y el Día de Difuntos.
Y más o menos así sigue hasta hoy. Quienes tienen aún quien se acuerde de ellos, los primeros de Noviembre reciben su baño anual y flores frescas; el resto va cayendo en el olvido del musgo y la piedra rota hasta desaparecer por segunda vez.
Y no sólo ocurre con personas anónimas, sino que nuestros ilustres, con o sin panteón, sufren el mismo abandono en su última morada.
Los cementerios son historia de las ciudades y de los países tanto como lo son un castillo o una catedral, deberíamos darles el mismo trato. Y a los allí enterrados. Gran parte de la historia de las civilizaciones la conocemos gracias a los entierros que han perdurado a través de los siglos. Cuidar nuestras necrópolis es mucho más importante y necesario de lo que a primera vista podríamos pensar.
(El cuidado de las sepulturas, tanto si son en propiedad como en alquiler de x años, depende de las personas que sean sus dueñas o mantengan el alquiler. Y estas pueden estar descuidadas por falta de tiempo, herederos o simplemente ganas, no juzgo a nadie. Que una sepultura se encuentre en mal estado es culpa del propietario, no del cementerio. El cementerio se encarga de la infraestructura, caminos de acceso, bancos, farolas, etc.)
Así que me propuse un juego: crear un “panteón de personas ilustres” a mi gusto rescatando a aquellos personajes que, aunque puede que su representación en otros lugares sí sea patente, su sepultura dejará de hacerlo en cualquier momento porque el abandono y el paso del tiempo está borrando su huella del cementerio.
Ni que decir tiene que esta lista es completamente subjetiva y que por eso mismo, y porque ya están lo suficientemente recordados en otros ámbitos, ni militares ni políticos estarán dentro de él.
Hasta que no te tienes que parar a pensarlo, como es mi caso al escribir este artículo, no te das cuenta de la cantidad de personas importantes por méritos propios que han vivido en este país y a los que recordamos en nombres de calles, estatuas y centros sociales, pero a los que hemos abandonado a su suerte en su última morada.
Por motivos pandémicos y perimetrales tengo que limitarme a buscar mis ilustres en los cementerios de Madrid. Aprovecho además que acaba de pasar la festividad del 1 de Noviembre y los cementerios y las sepulturas se encuentran en su mejor momento de ser recordadas hasta el año siguiente.
Empezaré por los premios Nobel españoles que descansan en Madrid.
A Jacinto Benavente, enterrado en el Cementerio de Galapagar, cada año se le realiza un acto homenaje en el que se leen fragmentos de su obra (este año de manera virtual adaptándose a los tiempos) y su tumba se llena de rosas. Por expreso deseo del autor está enterrado allí “amortajado con sayal de monje franciscano, una rosa y una cruz”, por lo que no nos lo llevaremos a nuestro panteón, está bien cuidado.
La misma suerte corre Vicente Aleixandre en el Cementerio de La Almudena. En este cementerio también nos encontramos a Santiago Ramón y Cajal, cuya sepultura se encuentra bastante descuidada, incluso le faltan letras. El Doctor Jiménez Díaz tampoco corre mejor suerte y su lápida está partida. En España el maltrato a la ciencia es patente antes y después de la muerte. Lo mismo ocurre con otro de nuestros insignes premiados, José de Echegaray, que mantiene la sepultura rota desde hace años en el sacramental de San Isidro.
Ya que he nombrado el último al Ingeniero de Caminos y Nobel de Literatura, vamos con los escritores. Y creo que me voy a arrepentir de decir que sólo los científicos son los grandes olvidados en sus sepulturas.
Dámaso Alonso es alguien a rescatar rápidamente; su sepultura llena de musgo hace que apenas se distinga que allí está enterrado. Cerca de él, la sepultura de Galdós que hasta hace unos años lucía bastante triste y desgastada, en este año de su centenario se mantiene limpia y con flores. Dámaso no va a aguantar hasta el 2090 en el olvido. Lo mismo ocurre con Concha Espina, cuya lápida pide socorro cerca.
Es increíble buscar en la hemeroteca los funerales de los grandes actores y empresarios teatrales de Madrid, nada envidiables sus traslados a los diferentes cementerios a uno de la realeza, y descubrir que una vez allí el paso de los años ha ido dejándolos en el olvido. María Guerrero es una de ellas. Su cortejo fúnebre colapsó las calles de Madrid, más de 1.000 coches la acompañaron hasta la Almudena, que tuvo que ser cerrada ante la gran afluencia de personas. Hoy en día, el agua caída ha lavado las horribles flores de plástico que decoran fríamente su tumba, pero la cinta completamente seca que se halla a los pies de esta indica que ni una lluvia torrencial resucitaría sus hojas porque llevan demasiado tiempo sin que nadie se ocupe de ellas.
Justo delante de su sepultura me llama la atención otra que está pintada con spray rojo, vandalizada. En ella pone “Cecilia” en el frontal. A sus pies, un ramo funerario compuesto por dos rosas, un pensamiento y un crisantemo también están pintados de rojo. Mi instinto me hace pensar que alguien ha confundido a Evangelina y su ramito de violetas con Cecilia Albéniz, la nieta del músico que murió en accidente de coche, quien descansa en esa sepultura junto a su madre. Me reiría si no quisiera hacerle limpiar con la lengua semejante acto de estulticia. Compruebo gratamente que Evangelina Sobrado, a varios cientos de metros de allí, mantiene su sepultura intacta y con violetas, como mandan los cánones.
Al hablar de las violetas me acuerdo también de Sara Montiel que mantiene su preciosa sepultura de mármol blanco (aunque decorada con flores de plástico) en el Cementerio Sacramental de San Justo.
Pero no podemos decir lo mismo del gran Federico Chueca, enterrado en el mismo cementerio, y cuya sepultura va acumulando el paso del tiempo en su abandono. Apenas se distingue ya lo que tuvo que ser la figura de un goyesco: ha perdido la cabeza y la erosión de la piedra hace que apenas se distingan los machos de su traje.
En este mismo cementerio encontramos un pequeño, pero no por ello menos importante, panteón de ilustres entre los que descansan Larra, Espronceda, Gómez de la Serna y Jerónima Llorente (por nombrar algunos) que me provoca cierta paz espiritual porque todos juntos son más fáciles de cuidar, conservar y proteger.
Los cementerios sacramentales de Madrid fueron los que más sufrieron el expolio de las obras para fundirlas y es muy notable en sus patios; después de aquello pocas han sido restauradas por sus familiares, si no directamente abandonadas, y los cementerios luchan por su supervivencia con los pocos medios de los que disponen.
Así en el sacramental de San Lorenzo Julián Romea y Matilde Díez, que disponen de un precioso mausoleo, tiene su valla convertida en un almacén para tejas; y a Cecilia Daillez estamos a punto de recordarla sólo por los versos de Amado Nervo.
En Santa María descansa Jardiel Poncela, al que se rinde homenaje anualmente y se sigue manteniendo viva su sepultura; pero a pocos cientos de metros, la que fue nuestra primera Lina Morgan, Loreto Prado, va viendo cómo su tumba se deshace lejos del que fue su marido, Enrique Chicote, empresario teatral que descansa en el Cementerio de la Almudena, en una sepultura cedida por el Ayuntamiento y que, oh, sorpresa, tampoco tiene mantenimiento. Pero tampoco me extraña de alguien que disfruta destrozando la memoria a martillazos.
Quizás sea, casualmente, por la estela dejada por aquellas señoras de la Fraternidad Cívica, que el Cementerio Civil de Madrid es uno de los que mejor conservan las tumbas de sus ilustres: Carmen de Burgos, Pío Baroja y Largo Caballero, por ejemplo, mantienen sus sepulturas siempre limpias y cuidadas, así como la de otros personajes importantes (políticos, y he dicho que no iba a nombrar),también. Muchas de estas sepulturas fueron erigidas por suscripción popular, y el pueblo es quien las conserva cuidadas (a través de asociaciones, sí, pero las conserva). No todos corren esa suerte en el cementerio, claro. Hay muchas tumbas desaparecidas y otras tantas destrozadas; el vandalismo y la dejadez ha hecho que el cementerio vaya cayendo en un abandono que no se debería permitir.
Podría seguir bastantes párrafos nombrando sepulturas que todos pensamos que deberían de estar cuidadas porque las personas que las habitan nos gustan/nos caen bien/son historia pero no acabaría nunca. Mi Panteón sería inmenso. Es casi más fácil nombrar aquellos que sí siguen cuidados que enumerar a todos los que no. Y eso que sólo he hablado de Madrid, que aunque por población, centralidad y todo es la que más muertos ilustres acumula, el tirón de orejas del abandono sepulcral se puede hacer en casi todos los cementerios de cada provincia.
¿De quién es la culpa? De todos un poco. Los Ayuntamientos no previenen, solo aportan soluciones cuando ya está el problema; de las familias, porque ya no existen, porque no quieren o no pueden (hay veces que heredar un mausoleo del siglo XIX de un familiar con muchos guiones en el nombre en pleno siglo XXI es una carga tremenda porque la familia conserva los guiones pero no el dinero que le daba el apellido y no entra entre sus prioridades); de todos, en general, porque hemos dejado que se convirtieran en el lugar donde muchos saldaron sus rencillas evocándonos lugares tristes y de pena, en vez de en los parques y lugares de paseo como lo que fueron concebidos, dejando que ese abandono tanto físico como espiritual vaya convirtiendo estos museos al aire libre en pequeñas ruinas perimetradas.
Como amante exacerbada de los cementerios como lugares llenos de Arte e Historia, de repente, tengo un sueño: poder rescatar del abandono y el olvido muchas de esas sepulturas que están destinadas a desaparecer. Una especie de “adopta una tumba”, un apadrinamiento de sepulturas para contribuir a su rehabilitación porque la persona que allí descansa te provoca algún tipo de cariño o simpatía. Yo, personalmente, como amante de la Zarzuela, me he propuesto devolverle el esplendor (y la cabeza a su acompañante) al creador de Agua, Azucarillos y Aguardiente.
Este artículo fue publicado originalmente en la extinta y guillotinada Revista Adiós Cultural
Paloma Contreras Rumayor
Divulgadora de cultura funeraria, autora de Entre Piedras y Cipreses y presidenta de FunerArte
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